Se ha producido un error en este gadget.

Páginas vistas en total

miércoles, 26 de abril de 2017

Linea 0



... ANTES…

Abro los ojos, no estoy muy segura de qué hora es, pero un instante después el despertador responde a mi pregunta. Momento de ponerse en marcha. Una mañana más desafiando al sueño, marcándole el ritmo a la rutina. Una ducha, un café rápido y me lanzo a la calle. La puerta se cierra a mi espalda con el quejido de un animal maltratado.  Creo que hoy llego tarde, el peso de la semana se me ha enredado en las sábanas. Así que he de darme prisa o no llegaré a tiempo. Acelero el paso. No hay tiempo para accionar el botón de pausa.
La boca de metro bosteza, escupiendo pasajeros que llegan y engullendo a los que se van, intentando mantener el equilibrio. Hay un tren parado en el andén. En el segundo en el que mis pies tocan el último peldaño de la escalera mecánica,  la señal que anuncia el cierre de puertas amenaza con dejarme fuera.
Pero no, hoy me niego.
Dos rápidas zancadas y me cuelo dentro, despertando algún que otro gruñido entre los ocupantes del vagón. Me disculpo a media voz, escabulléndome avergonzada hacia el fondo mientras el tren se pone en marcha.
Dejo la mochila en el suelo, entre mis pies, y aseguro la mano derecha en la barra sobre mi cabeza. El metal está tibio, señal inequívoca de que antes otra mano ha estado ocupando el hueco que ahora ocupa la mía.
Un escaneo rápido por el vagón me permite identificar algunas caras conocidas. Sí, sin duda el niño de abrigo rojo dormido sobre su madre y la señora sentada frente a él, enfrascada en la lectura de su e-book,  me resultan familiares. Se me hace extraño verle así de tranquilo, ya que ese pequeño suele amenizarnos el trayecto matutino con todo tipo de canciones y preguntas, comprometidas y surrealistas que su madre trata de responder, u obviar.
Hoy está dormido en el regazo de su madre, un poco más palido que de costumbre. Quizás está enfermo.
Mis sospechas se confirman cuando veo a su madre comprobar la temperatura de su frente con el dorso de la mano. Niega con la cabeza, preocupada y, tras ajustarle la capucha, acomoda la cara del pequeño en el hueco de su cuello.

Avanzamos por el interior del túnel, en las entrañas de este monstruoso insecto que se contorsiona y retuerce sobre si mismo en cada curva. Las luces del tunel curiosean a intervalos a través de las ventanillas. Primero veloces, progresivamente más intermitentes: el tren está frenando, nos aproximamos a la siguiente estación.


(¿Estará?¿Habré llegado a tiempo? Me he acostumbrado a encontrarle así, forzando la coincidencia,  desafiando a Murphy solo para verle unos minutos. La linea que marca el comienzo de un día de suerte. O un dia sin ella)


Una marabunta humana se abalanza al interior del tren en el segundo en que comienzan a abrirse las puertas. Me parece intuir su perfil entre los nuevos ocupantes, pero soy incapaz de decir si es él o solo lo he imaginado. Imagino la cabina de mando tras la pared a mi espalda, desocupada en este viaje de ida. Vacía y silenciosa, tan opuesta al desorden que abarrota el espacio al otro lado de la puerta.
Subo el volumen del mp3 para alejar ese ruido ajeno y sumergirme en otro, voluntario y familiar. (Branded like an animal/  I can still feel them burning my mind...)


El tren se pone de nuevo en movimiento, avanzando hacia el interior del túnel(... I do believe that you made your message clear/ I think I am losing my mind…). Cuando entra en la curva, desplazándose con velocidad, aseguro mi mano en la barra sobre mi cabeza. Puedo sentir el metal vibrar bajo mis pies. De repente, el interior del tren se sacude, deteniéndose bruscamente y haciéndonos perder el equilibrio.
El vagón se queda a oscuras unos segundos que se hacen eternos antes de volver a iluminarse por las luces de emergencia.
Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a esta nueva luz. Alguien grita, débilmente, luego el sonido se va ahogando en un borboteo.
Tengo que parpadear un par de veces antes de distinguir de nuevo las formas con nitidez.
Un hombre se incorpora sobresaltado. Leo el terror en su mirada. ¿Qué está pasando? La joven madre se desploma sobre el asiento vacío. Tiene la garganta desgarrada, la sangre fluye desde su cuerpo inerte hasta el asiento, empapando rápidamente la superficie a su alrederedor.
Sentado sobre ella está el niño. Tiene la cabeza inclinada en un gesto antinatural. La capucha le cubre los ojos, pero puedo ver el ángulo imposible en que gira su cabeza.

Aún sigo en el suelo. Tengo que levantarme. Tanteo con las manos el  cuerpo inerte que hay sobre mí, intentando hacerlo rodar. Lo siento pesado sobre mi  y cuando intento empujarlo ofrece  resistencia. Un esfuerzo más y mi mano está libre. Tanteo el suelo debajo de mí. Sangre? No se si es mía. Estoy algo confusa, pero no, creo que no estoy herida.  Hay gente amontonada por el suelo. Algunos se mueven, otros no. Siento un zumbido en las sienes, los ruidos del exterior me llegan amortiguados, como si tuviera la cabeza bajo el agua.


Sobre la puerta a mi espalda, una tenue luz anaranjada marca la señal SALIDA DE EMERGENCIA.
Busco a tientas el pulsador de apertura y lo presiono, pero nada pasa. Necesito salir de aquí.
Me llegan quejidos, ruidos de pasos, carreras​ aceleradas, algunos sollozos, quejidos. Alguien grita. El zumbido no me permite escucharlos con claridad. El pulso me martillea las sienes. ¿Qué está pasando?


No hay comentarios:

Publicar un comentario