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jueves, 9 de diciembre de 2010

Aliento

No gané el derecho a tener ojos, por eso mis manos aprendieron a ver. Y la mirada rugosa de las piedras me enseñó  tu nombre. Déjame que te lo entregue atrapado en su reflejo púrpura, en el instante anónimo en que la luz lo escribe sobre la piel del mundo, haciéndote sonido, vibración, aire que danza.
Te he respirado antes, otras veces, como imagino boquean los peces  al ser arrastrados fuera del agua. Aliento abrasador, narcótico, adictivo, que me entumece los labios, arroja mi lengua sobre el filo de los dientes, e  inunda mi boca de un murmullo amargo que desciende luego, arrasándome la garganta hasta el centro del pecho. Dolor gemelo,  vacío que resuena en cada una de tus sílabas.
Si no he de ganar el derecho a verte, te inventaré con los ecos que me devuelvan las rocas.
Publicado en Revista La Hoja

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