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martes, 21 de julio de 2020

El Sidecar

Hace unas semanas, durante el estado de alarma, una buena amiga me invitó a participar en un reto. Tenía que escribir un relato breve utilizando como base una frase que ella de enviaba. Solo había dos requisitos: que tuviera como temática base el confinamiento provocado por la crisis del Covid19 y que tuviera menos de 500 palabras.¿El resultado? Es este


        Se despertó, un día más, pensando en él en aquella fría cama de hospital. La imagen le revolvió el estómago y tuvo que obligarse a salir de la tibieza de las sábanas y ponerse en pie. - Vamos, Enri, no seas remolona. Arriba, que ya han pasado las burras de leche. - se dijo a sí misma mientras se incorporaba y ponía rumbo al baño.
Agua fría para despejar la cabeza. Álvarez Gómez en el pelo, bien tensado desde la frente a las sienes. 
Como dios manda. Todo en su sitio. 
Un día más en la trinchera para contener al bicho ese.
Pero cuando se miró en el espejo, fueron los ojos de Celes los que le devolvieron la mirada.  
La idea la atravesó como una descarga. 
-Mañana es dos de abril. -
Y de repente lo supo. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
No había ni un segundo que perder. 
Se ató las playeras con doble nudo. Preparó la bolsa de cuero marrón, la de los fines de semana con un par de mudas limpias, el despertador de viaje y el neceser.
Comprobó que su carné y la documentación estaban en el monedero y lo guardó en el bolso, junto al libro de familia. Se ajustó los guantes y se abrochó el abrigo.
Encontró las llaves donde siempre, colgadas sobre el aparador, junto al marco doble con la foto de la comunión de las nietas. Miró aquel retrato de familia.
Todos sonrientes todos endomingados y coloridos, apiñándose para entrar en el encuadre.
 - Estarán bien.- pensó. 
Luego su vista se detuvo en la otra foto, la única que tenía de sus padres, la del día de su boda.  Desde el otro lado del cristal su madre, jovencísima y vestida de riguroso luto, la sonrió con un mohín de reprobación. 
-¡Ay! Madre, no me mire así. Ya sé que a usted no le hizo nunca gracia eso de conducir, pero ya peino canas y esto... esto es una emergencia.  
El  sidecar seguía aparcado en el garaje. 
El año pasado su hijo Ángel lo había puesto a punto para la concentración de clásicos.
Tras ponerse el casco, apretó el nudo de su pañuelo rojo, poniendo especial cuidado en cubrirse bien la nariz.  
Y arrancó el motor. 
La máquina ronroneó bajo sus manos, saludando a su dueña.
 -Aún te acuerdas de mí, ¿verdad, pequeña? No nos retrasemos más.- pensó mientras la puerta de la cochera se cerraba a su espalda. 
Un último ajuste a la posición del retrovisor antes de poner de nuevo la mano sobre la maneta y acelerar. 
 -No sé cómo, pero lo haremos, Celes. Ya voy. -  
El sidecar desapareció en la incorporación a la M-30. Quizás un poco por encima del límite de velocidad permitido, pero, oigan, una ocasión así bien merece una multa.  
Al fin y cabo, unas bodas de oro no son cualquier cosa. 

viernes, 28 de abril de 2017

Ausencia

Hoy he pasado junto a tu plaza, deprisa y mirando el reloj, como casi siempre. Y me han mirado sus ojos de piedra, al principio como sin reconocerme, como si se hubiera olvidado de mi, hasta que la cicatriz de cemento donde estaba la fuente, ha asentido reconociendo mis pasos.

He pasado junto a tu plaza. Y estaba vacío tu banco. El tercero de la izquierda, el que queda justo a la sombra del único chopo de la plaza. Pero seguían alli los gorriones, esperando que acudas a vaciarte de corruscos los bolsillos. Y ahí arriba, dormidas como vacas rumiando al sol, las nubes que me enseñaste a nombrar.

Hoy he pasado junto a tu plaza, abuelo. Y ella también te echa de menos.

miércoles, 26 de abril de 2017

Linea 0



... ANTES…

Abro los ojos, no estoy muy segura de qué hora es, pero un instante después el despertador responde a mi pregunta. Momento de ponerse en marcha. Una mañana más desafiando al sueño, marcándole el ritmo a la rutina. Una ducha, un café rápido y me lanzo a la calle. La puerta se cierra a mi espalda con el quejido de un animal maltratado.  Creo que hoy llego tarde, el peso de la semana se me ha enredado en las sábanas. Así que he de darme prisa o no llegaré a tiempo. Acelero el paso. No hay tiempo para accionar el botón de pausa.
La boca de metro bosteza, escupiendo pasajeros que llegan y engullendo a los que se van, intentando mantener el equilibrio. Hay un tren parado en el andén. En el segundo en el que mis pies tocan el último peldaño de la escalera mecánica,  la señal que anuncia el cierre de puertas amenaza con dejarme fuera.
Pero no, hoy me niego.
Dos rápidas zancadas y me cuelo dentro, despertando algún que otro gruñido entre los ocupantes del vagón. Me disculpo a media voz, escabulléndome avergonzada hacia el fondo mientras el tren se pone en marcha.
Dejo la mochila en el suelo, entre mis pies, y aseguro la mano derecha en la barra sobre mi cabeza. El metal está tibio, señal inequívoca de que antes otra mano ha estado ocupando el hueco que ahora ocupa la mía.
Un escaneo rápido por el vagón me permite identificar algunas caras conocidas. Sí, sin duda el niño de abrigo rojo dormido sobre su madre y la señora sentada frente a él, enfrascada en la lectura de su e-book,  me resultan familiares. Se me hace extraño verle así de tranquilo, ya que ese pequeño suele amenizarnos el trayecto matutino con todo tipo de canciones y preguntas, comprometidas y surrealistas que su madre trata de responder, u obviar.
Hoy está dormido en el regazo de su madre, un poco más palido que de costumbre. Quizás está enfermo.
Mis sospechas se confirman cuando veo a su madre comprobar la temperatura de su frente con el dorso de la mano. Niega con la cabeza, preocupada y, tras ajustarle la capucha, acomoda la cara del pequeño en el hueco de su cuello.

Avanzamos por el interior del túnel, en las entrañas de este monstruoso insecto que se contorsiona y retuerce sobre si mismo en cada curva. Las luces del tunel curiosean a intervalos a través de las ventanillas. Primero veloces, progresivamente más intermitentes: el tren está frenando, nos aproximamos a la siguiente estación.


(¿Estará?¿Habré llegado a tiempo? Me he acostumbrado a encontrarle así, forzando la coincidencia,  desafiando a Murphy solo para verle unos minutos. La linea que marca el comienzo de un día de suerte. O un dia sin ella)


Una marabunta humana se abalanza al interior del tren en el segundo en que comienzan a abrirse las puertas. Me parece intuir su perfil entre los nuevos ocupantes, pero soy incapaz de decir si es él o solo lo he imaginado. Imagino la cabina de mando tras la pared a mi espalda, desocupada en este viaje de ida. Vacía y silenciosa, tan opuesta al desorden que abarrota el espacio al otro lado de la puerta.
Subo el volumen del mp3 para alejar ese ruido ajeno y sumergirme en otro, voluntario y familiar. (Branded like an animal/  I can still feel them burning my mind...)


El tren se pone de nuevo en movimiento, avanzando hacia el interior del túnel(... I do believe that you made your message clear/ I think I am losing my mind…). Cuando entra en la curva, desplazándose con velocidad, aseguro mi mano en la barra sobre mi cabeza. Puedo sentir el metal vibrar bajo mis pies. De repente, el interior del tren se sacude, deteniéndose bruscamente y haciéndonos perder el equilibrio.
El vagón se queda a oscuras unos segundos que se hacen eternos antes de volver a iluminarse por las luces de emergencia.
Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a esta nueva luz. Alguien grita, débilmente, luego el sonido se va ahogando en un borboteo.
Tengo que parpadear un par de veces antes de distinguir de nuevo las formas con nitidez.
Un hombre se incorpora sobresaltado. Leo el terror en su mirada. ¿Qué está pasando? La joven madre se desploma sobre el asiento vacío. Tiene la garganta desgarrada, la sangre fluye desde su cuerpo inerte hasta el asiento, empapando rápidamente la superficie a su alrederedor.
Sentado sobre ella está el niño. Tiene la cabeza inclinada en un gesto antinatural. La capucha le cubre los ojos, pero puedo ver el ángulo imposible en que gira su cabeza.

Aún sigo en el suelo. Tengo que levantarme. Tanteo con las manos el  cuerpo inerte que hay sobre mí, intentando hacerlo rodar. Lo siento pesado sobre mi  y cuando intento empujarlo ofrece  resistencia. Un esfuerzo más y mi mano está libre. Tanteo el suelo debajo de mí. Sangre? No se si es mía. Estoy algo confusa, pero no, creo que no estoy herida.  Hay gente amontonada por el suelo. Algunos se mueven, otros no. Siento un zumbido en las sienes, los ruidos del exterior me llegan amortiguados, como si tuviera la cabeza bajo el agua.


Sobre la puerta a mi espalda, una tenue luz anaranjada marca la señal SALIDA DE EMERGENCIA.
Busco a tientas el pulsador de apertura y lo presiono, pero nada pasa. Necesito salir de aquí.
Me llegan quejidos, ruidos de pasos, carreras​ aceleradas, algunos sollozos, quejidos. Alguien grita. El zumbido no me permite escucharlos con claridad. El pulso me martillea las sienes. ¿Qué está pasando?


El perdedor


A veces hay que saber perder.
El tiempo.
La cabeza.
El miedo.

"The man who lost his head" 
Illustrations by Robert McCloskey, 1942 (The Viking Press)

miércoles, 6 de febrero de 2013

Pedazos

Me he acostumbrado a tenerte a pedazos, a fracciones. Siempre a la espera de encontrarte en algún rincón de la almohada, en una sombra del segundero.
Adictivo, imprescindible, inevitable.
Me he acostumbrado a tenerte en el tiempo robado. Siempre sabiendo que tenerte ahora es perderte luego. Me he acostumbrado a tomarte sin permiso y sin derecho, dosificandote. Un adicto que acaricia el abismo solo por el placer de volver a respirarte. Arrancando pedazos de ti, ladrón incauto que se lo juega todo a doble o nada.
Siempre alerta por si  me cruzo contigo en una sombra del segundero.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Criatura extraña

Eres ceniza y voz,
rumor de escarcha.
Eres de noche y luz,
criatura extraña.

Hay en tu aliento mar,
Norte y batalla.
Eres herida y sal,
silencio y daga.

Déjame caminar sobre tu espalda.
Tras abrasar la piel,
te haces coraza.
Si siempre vuelves, ven
criatura extraña.
Déjame desafiar por ti la nada.

martes, 6 de septiembre de 2011

Con el pie derecho

El día que mi abuela decidió que iba a morirse, comenzó a hacerlo por los pies.
Concretamente por el dedo gordo del pie derecho, porque siempre decía que a los sitios nuevos hay que entrar llamando a la buena suerte y, después de todo, la muerte no debía ser muy diferente de entrar en una habitación desconocida.

El día que mi abuela me contó que había decidido morirse, pensé que estaba bromeando. Yo había llenado un barreño con agua templada y jabón, como cada sábado, y me había sentado en el suelo frente a ella dispuesta a lavarle los pies. "Es que están muy abajo, hija" solía decirme sonriendo con los ojos mientras se le formaban en ambas mejillas los hoyuelos que prometió dejarme como herencia.
Le ayudé a quitarse las zapatillas y fue entonces cuando el dedo gordo del pie derecho, con su uña pulcramente pintada de rojo brillante, se negó a meterse en el agua.
"Es que él ya ha entrado", me dijo en un susurro. Y yo, apartando mi sorpresa y mi miedo, que habían caído en el barreño y flotaban sobre la espuma, conseguí con un empujoncito adicional meter el rebelde dedo bajo el agua.

Al dedo gordo de su pie derecho no tardaron en unirse los otros dedos, luego el otro pie y después ambas piernas, en un avance sigiloso e implacable que yo observaba aterrorizada cada semana y ante el que nada podía hacer. Porque los secretos hay que guardarlos en bolsillos sin agujeros.Y al fin y al cabo, era ella quien me había enseñado a coser.

Unas semanas después, cuando el teléfono impertinente me sacó de la cama a las 4 de la mañana, y corrí descalza al salón, antes de escuchar la voz de mi abuelo al otro lado del auricular ya sabía que algo no iba bien.

Hay una ley universal no escrita que impide a los teléfonos sonar de madrugada para dar buenas noticias.

Mi abuela me dejó sus recetas de tortilla de calabacín y tarta de manzana, el poco frecuente don de coser bolsillos para guardar secretos, su sonrisa de hoyuelos, con la que me cruzo cada vez que me miro en un espejo, y la costumbre de entrar en cada habitación que piso por primera vez con el pie derecho.
Siempre con el pie derecho.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Mecanismo de emergencia

En caso de emergencia, levante la tapa y accione el pulsador en la dirección de la flecha  para desbloquear las puertas.
El hombre, de pie frente a la puerta del vagón inmóvil, volvió a leer, esforzándose por mantener la calma.
En caso de emergencia... este era un caso de emergencia, sin duda.
El vagón llevaba detenido varios minutos en el interior del túnel. Las luces fluorescentes, alineadas en paralelo a los laterales del techo, zumbaban como un enjambre de insectos amenazados.

No tenía costumbre de usar el metro a esas horas. Normalmente tras aterrizar, abría la portezuela de un taxi dispuesto a dejarse transportar al tranquilizador anonimato de su casa, un piso que hacía mucho se le había quedado grande y que, tras la huida de ella, se había esforzado en decorar con el estilo impersonal de una habitación de hotel.
Miró nuevamente la pantalla del móvil para confirmar que seguía sin cobertura y se maldijo en voz baja.

Había tenido que retrasar su vuelo en el último momento, y para la única compañía en la que encontró plaza su portadocumentos resultaba demasiado voluminoso como equipaje de mano, tal como se dignó a informarle una señorita con los dientes manchados de carmín.
Resignado, se lo entregó a la azafata a cambio de un recibo, que guardó en la americana olvidando, con las prisas, su cartera en el interior del portadocumentos.
Las prisas...puede que también por las prisas, o por descuido, o solo por casualidad, pero a su llegada no había ni rastro del maletín en la cinta de equipajes. 
Dos horas después de recorrer ventanillas y mostradores, todo lo que obtuvo fueron un "Intentelo mañana, señor" y un número de referencia que se metió en el bolsillo junto al teléfono móvil, sus llaves y algunas monedas. Eran más de las doce, así que su enfado y él salieron de la terminal sin cruzar palabra y se adentraron en el metro. Y allí estaban ahora, detenidos entre dos estaciones y sin poder hacer nada.
Le repugnaba aquello: los asientos de plástico, los asideros donde se acumulaba el sudor de otras manos, el aire enrarecido, respirado cien veces, mezclado con los alientos de otras bocas.
Por suerte, estaba casi solo. Casi, aunque no del todo, pero el pobre diablo que dormitaba al fondo del vagón, con la cabeza inclinada hacia atrás y un hilo de baba transparente goteándole desde el labio inferior hasta el pecho, no había dado señales de vida. Posiblemente, la botella de alcohol barato que rodaba entre sus pies y el asiento frente a él tuviera algo que ver. Mejor así.

... levante la tapa y accione el pulsador...
Subió la palanca con nerviosismo, y esta vez tampoco pasó nada. La bajó y repitió la operación otra vez, ahora empujando con más fuerza. Más deprisa. Nada. Otra vez, y otra, y otra más. Cada vez más rápido, cada vez con más violencia. Frenético, notaba el pulso latiéndole en las sienes y el sudor corriendo por su espalda. ¡Nada! Empezó a golpear la puerta con los puños y casi le sorprendió oírse gritar, antes de dejar caer la cabeza sobre la puerta cerrada.
Un reflejo en el cristal, un movimiento. Alertado, volvió la mirada incorporándose de nuevo.
El hombre del fondo del vagón, de pie en el pasillo, avanzaba hacia él dando traspiés. Sujetaba en una mano la botella y se agarraba torpemente a los asideros con la mano libre.
- ¿Qué le pasa, amigo? ¿Nos han dejado encerrados?
- No se acerque
- Hey, tranquilo.
Hablaba y avanzaba despacio, arrastrando los pies y las consonantes como tropezando con ellas. Y aunque les separaban aún unos metros, desprendía cada vez que abría la boca un aliento agrio a alcohol macerado durante muchos días.
El hombre se llevó una mano a la nariz para reprimir una arcada, y repitió.
-Le he dicho que no se acerque
Pero a pesar del tono amenazante, el hombre seguía avanzando hacia él.
Dos pasos y estaría a su altura.

- ¡Pare!
- Déjeme intentar
- ¡Pare le digo!
- Déjeme a m...

No pudo terminar la frase.
... y accione el pulsador en la dirección de la flecha...
Quitarle la botella de la mano no resultó difícil. Llevar la mano hacia arriba, elevando la botella sobre su cabeza fue casi automático. Puro instinto.  
Cerró la mano con fuerza alrededor del cristal y preparó el golpe. 
El hombre le miró con incredulidad y parpadeó una vez, ahora ya con la mirada extrañada. Luego el ojo derecho empezó a cerrarse, empapado por la sangre que le resbalaba desde  la sien. Y cayó al suelo.

Sintió la mano agarrotada, aferrándose al cuello de la botella, y la dejó caer también.
Deslizándose primero por la sangre que comenzaba a encharcarse en el suelo, la botella rodó luego pasillo atrás, como un animal que intenta volver a refugiarse en su esquina.
Él la sigue con la mirada.
Hacia la mitad del pasillo, la botella se detiene, vuelve hacia delante unos centímetros y después rueda de nuevo en dirección opuesta.
El metal gime, anunciando que el tren ha vuelto a ponerse en marcha.

...para desbloquear las puertas.

martes, 28 de junio de 2011

Instinto depredador

No debo buscarte, y sin embargo me anuncia tu boca el fantasma de la voz.
Promesa dormida, depredador que despierta.
Pacto intangible y renegociable.
Instinto que me afila el limite de los dientes, que me araña desde interior la garganta.
No debo buscarte, y sin embargo me vuelve sin querer tu nombre como una dentellada.
Bosteza la bestia su sed de sangre.
Ha comenzado la caza.

Who is gonna feed my dragon?

It took me some time to understand
that I'm not the princess of that tale.
Now the castle is for rent,
who is gonna feed my dragon?
Peas and needles pricking in my shadow.

Eternal spells of goodbye,
the sounds that gave me my name.
I have already  crowned myself guilty,
what's the moral of this fable?  


It took me sometime to understand
that the chance will never happen again.
Count on me,  my dethroned king,
after all I'm your heir.
We will keep our top hats in place
as the world collapses.

It took me some time to understand
that I'm not the princess of the tale.
Now the castle is for rent,
who is gonna feed my dragon?
Doesn't matter as long as you'll remain in my faction.

martes, 14 de junio de 2011

A song of sour candies

                              
Virtuality is a fake candy,
sour and sweet and cold.
Swallow it carefully,
Slowly, girl, slow.

It will burn you to death anyway.
But at least enjoy the bite.

Blame me, chew me and take me to pieces.
the rotten flowers fell down of the wall.
Whatever will happen from now on will only be future.

Your home has collapsed, and so your shell.
Dare you to cross the fire
before it ends?

Virtuality is a fake candy,
sour and sweet,
sweet and cold.
Swallow it carefully,
Slowly, girl, slow.

sábado, 14 de mayo de 2011

En el túnel

Tirita.
El metal tiembla bajo la palma de mi mano. A través de la piel su vibración se filtra al resto de mi cuerpo, fundiéndonos, conviertiéndonos en un seismo diminuto.
El tren me lleva como la bestia al parásito en su estómago.
Animal hueco.
Sonámbulo frenético que avanza a tientas sobre el zumbido sordo con el que nos despiden las vías.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Creer sin ver

Esta canción ya me la se,
puedes dejar de cantarla
Ven a contar, uno a uno,
los lunares de mi espalda.
No tengo costumbre de perder la fe
Sin tan siquiera apostarla.
Pero estoy cansada de creer sin ver,
De volverme sal sobre la almohada.
Si soy verdad, nómbrame.
Si soy verdad, hazme de agua.
Si vas a estar, solo quédate
y cóseme a tu almohada.

lunes, 25 de abril de 2011

Cristal Roto

Juega conmigo tu risa
a arañarme de sed sobre las paredes,
Me vuelve tinta, densa y amarga,
como el silencio que bebo de las aristas de tu boca.
como el nombre que no has de darme.

Soy ahora un trazo incomprensible,
Un idioma extraño que no has aprendido,
que no has de leer.
Pero sonríes, 
y vuelvo a beber silencio,
del cristal roto de tu boca.
Denso y amargo.
Incomprensible.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Lecciones para una impaciente

Coserse a las aristas del mundo en puntadas imprecisas, trazando en  cada paso una costura invisible sobre la que aprendan los pies a perder el equilibrio.
Volverse reversible. Romperse de dentro a fuera, convirtiendo en coraza las entrañas, el tendón en hueso.

Licuar el alma, evaporarla, hacerla sólida. Dormir sobre ella en una alquimia imposible.
Dejarse la vergüenza olvidada en cualquier rincón.
Obviar la probabilidad nula y arrancarse con ella los dientes para morder la nada con las encías desnudas.
Redimensionar el absurdo.
Aprender a gritar sin aire, respirando arena. 

Beberse el latido de un segundo. Encontrar el tiempo perdido.
Y sentarse con él a esperar que vuelva la impaciencia.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Fermín


 - Esta maldita llave, siempre se engancha en la tercera vuelta.
Berta dió un portazo y dejó el bolso sobre el aparador junto con el montón de cartas sin abrir que había acumulado su madre durante todo un mes: cartas del banco, de la compañía del gas, de la del agua, folletos de comida rápida, catálogos de venta por correo.
Giró los talones sobre la alfombra, cogió de nuevo las cartas y alzó la vista, preparándose para suspirar su resignación y su enfado. Y entonces,  el aire se volvió de cemento. Sus ojos le devolvieron una imagen que se le atravesó como un inoportuno hueso de pollo en medio de la garganta y le cerró los pulmones: tirada en mitad del pasillo y aún en pijama, estaba su madre, con una oreja pegada al suelo y la cabeza ladeada en un ángulo extraño. Antes de que se le parase del todo el corazón, Berta soltó las cartas y se lanzó al pasillo.
 
- ¡Mamá!
- Vaya por dios, hija, que susto me has dado!
- ¡¿¿Yo a ti??! ¡¿¿Se puede saber que hacías así, tirada por los suelos??!!
- Calla, calla, no hables tan alto que vas a asustarlo.
- Se puede saber de qué coñ...!
- (En un susurro) Habla bajito leche! He descubierto donde está escondido, llevo un par de días escuchándole en murmullos, en mil sonidos raros. No estaba segura, pero hoy por fin le he escuchado con claridad.
- ¿A quién mamá?- Preguntó Berta con un hilo de voz
- Pues a Fermín, hija, a tu padre.
 
Fermín era un pelirrojo egoísta, arisco y exigente que la noche del 3 de Marzo, tres años antes, se había refugiado en el portal de la casa. Desorientado y sucio, tenía un ojo herido, resultado  casi seguro de una riña por alguna hembra. A pesar de los cuidados y los mimos sin reproche de su madre, la herida había cerrado mal, y le adornaba el rostro dándole un aire inquietante de mafioso siciliano. No tardó en volver a la calle, a las escapadas nocturnas y a las peleas, pero siempre regresaba al cabo de un par de días, cubierto de mugre y sangre seca, propia y ajena, reclamando mimos y algo de comer. Un callejero es siempre un callejero, y aquel animal lo llevaba en las venas por mucho que la madre de Berta se empeñase en defender que aquel gato era la reencarnación de su padre.
 
- Ya estamos otra vez con el maldito bicho!  
- Berta, cuida lo que dices de tu padre.
- No empieces, mamá. Ese animal es eso, un bicho peludo, un gato.
- Un gato sí, un gato, ¿de verdad crees que le dejaron elegir cómo volver? Si tu padre hubiese podido elegir habría sido como perro, o puede que como paloma-  él sabía que siempre me encantaron las palomas, sobre todo escabechadas.- Pero no creo que pusiera muchas pegas cuando le propusieron volver. Además tenía que darse prisa, tenía que estar aquí para...
- Mamá...
- ...el día de su cumpleaños, como me había prometido. Antes de la operación me dijo "Lola, no te preocupes. Te prometí entregarte al menos medio siglo de mi vida, y sólo han pasado 47 años. No te preocupes si no despierto, estaré aquí para mi cumpleaños." Y lo cumplió.
- Bueno, ¿y se puede saber qué tiene el bicho ese que ver con que estuvieras tirada en mitad del pasillo?
- Pues que llevo una semana sin verle ¿te acuerdas del agujero que abrieron los señores esos del mono blanco?
- Los de la inspección de viviendas antiguas?
- Esos, esos, que hicieron un agujero en la pared del baño del tamaño de una calabaza madura y se fueron sin cubrirlo ni nada. Pues Fermín ha colado por ahí y está dando vueltas por las entrañas de la casa.
- Estará cazando ratas.
- Que no hija, que no. Si no me hubieses  asustado me habría enterado mejor. Justo me estaba contando que lo ha encontrado, que ya lo tiene
-¿Que ya tiene el qué?
- Pues mi regalo, Berta. Mi regalo
- Anda mamá, vámonos a la cocina, que ya vale por hoy. ¿A que aún no has desayunado?
- Ya lo verás, hija, ya lo verás.



Aquella noche, el alba se rompió sobre un estruendo de ladrillos, polvo y pedazos de metal cediendo como mantequilla en lo que habría sido un bonito espectáculo si a la vida real se le pudiera poner en mute.
 
Los bomberos le explicaron a Berta que los cimientos del edificio estaban peor de lo que habían estimado los técnicos. Los técnicos le explicaron que la cala que habían hecho en el muro estaba justo en la parte sana de la viga, que el agujero que se había tragado la casa no era detectable. Los vecinos de toda la vida le explicaron que todo había sido impredecible e inesperado, como suelen serlo los accidentes, que no era culpa de nadie.
 
Lo que nadie pudo explicarle a Berta es por qué, a pesar de buscar tres veces bajo todos los escombros y retirar los restos mortales de la vieja casa, aquella tarde no encontraron por ninguna parte el cuerpo de su madre. Ni tampoco al día siguiente, ni el día que vino después.
 
Lo que Berta no pudo explicarle a nadie es que una semana después, cuando regresaba a casa, arrastrando entre los pies la tristeza y varios días de sueño, vio de nuevo a su madre. Observándola desde una azotea cercana, una gruesa paloma de cabeza blanca le guiñó un ojo, justo antes de acurrucarse, gorjeando coqueta,  entre el pelaje rojizo de un enorme gato con aire de mafioso sicilano.  










Sirenas


Hoy he vuelto los ojos al este, buscado el perfil de la costa, su silueta amable acurrucándose en el regazo del horizonte.
La gruesa cuerda del ancla se estremece en pesadillas de sal seca. Cada una de las noches pasadas  desde que soltamos amarras cruje en mis pies sobre la madera húmeda. Yo tambien he comenzado a secarme.
Hay un momento del día cuando la noche retrocede aunque la luz no se ha decidido aún a volver. En  el  momento helado en el que el mundo se queda en suspenso, manteniendo el aliento,  en el instante maldito en el que mueren los hombres, es cuando regresan las sirenas.
La noche se rompe en un reflejo. Nácar oscuro en la piel, curtida de sed  y  algas, de sueños ahogados.  Canta el mar su nana amarga, besando la cara dormida en una noche sin sueño.
¿Por qué no nadas hacia la costa antes de que nazca el día? Nada, sirena, nada.
La primera luz del alba se desmadeja en su cuerpo,  sobre la proa del barco.  
Ingrávidos y vacíos, los ojos de otras sirenas, me han mirado desde el agua. En sus retinas de escarcha, gritaban silencio.
Volviendo la mirada al este, he buscado la línea de costa. Ha regresado el viento . Es tiempo de izar las velas. 
 

Publicado en revista La Hoja (num. 14- 2010)

A los diablos sin nombre que se juegan la piel para tener una oportunidad les debo al menos el aprovechar las que tengo, por la suerte absurda de haber nacido un puñado de kilómetros más al norte. Se lo debo a ellos, y también a mí misma. Para que algún día no tengan que ser sirenas. Para que algún día desaparezca el miedo.

Tormenta

Duerme el mundo, sumido en la tibieza de un sueño sin lunas. Feliz e ignorante.
Y en su regazo los hombres.
Los niños.
Las bestias.
Como un pez que al saltar cae fuera del agua, despiertan las nubes, boqueando ansiosas su sed de oxígeno.
Se estremecen en un segundo luminoso de agonía y luz.
Cesárea brutal y primigenia. 
Vientre desgarrado, matriz que se derrama en metralla y muerte.
Sangre.
Aire.
Silencio.
Toma aire, respira.
Respira. 
Se ha abierto el cielo.
electric storm

Publicado en revista La Hoja (16.05.2010)

Aliento

No gané el derecho a tener ojos, por eso mis manos aprendieron a ver. Y la mirada rugosa de las piedras me enseñó  tu nombre. Déjame que te lo entregue atrapado en su reflejo púrpura, en el instante anónimo en que la luz lo escribe sobre la piel del mundo, haciéndote sonido, vibración, aire que danza.
Te he respirado antes, otras veces, como imagino boquean los peces  al ser arrastrados fuera del agua. Aliento abrasador, narcótico, adictivo, que me entumece los labios, arroja mi lengua sobre el filo de los dientes, e  inunda mi boca de un murmullo amargo que desciende luego, arrasándome la garganta hasta el centro del pecho. Dolor gemelo,  vacío que resuena en cada una de tus sílabas.
Si no he de ganar el derecho a verte, te inventaré con los ecos que me devuelvan las rocas.
Publicado en Revista La Hoja

Sin excusas

Llevo un tiempo queriendo hacerlo, y se me han acabado las excusas.
Así que, aquí estamos. Hoy tengo 28 años, y este es mi territorio.
Bienvenidos!


(Para empezar, os dejo algunas cosillas que llevan algún tiempo escritas. Vendrán nuevas, lo prometo ;P)